Hoy ha salido a la calles de Barcelona una mayoría silenciosa. Es la victoria de aquellos que desprecian cualquier viento de ilusión o cambio. Son los que se encierran durante el invierno, viven una vida feliz de Marca fútbol y lleno de etiquetas a aquello que les pueda alterar su vida aparentemente fácil. Siento empatía por ellos porque sufren a sus amos con absoluta abnegación y respeto. Son los que hablan de España como si fuera algo de lo que sentirse orgullos por Nadal, la Roja y Fernando Alonso. Se sienten autentica-mente parte de todo ello. Piensan que España es una abstracción de su estructura de vida familiar y social. Una estructura social y familiar, por cierto bastante limitada y corta de miras. Son aquellos que te gritan “no tienes derecho a opinar porque no votas a nuestros partidos”. Son los que piensan que España es moderna porque tienen un ave (que no pueden pagar) y autovías a tuti plen. Son los que piensan que viven guay porque pueden comprar cualquier mierda a plazos en el IKEA. Son los que hablan de aplicar la ley sin contemplaciones. De veras creen que la ley está ahí para proteger sus privilegios. No la cuestionarían ni un milímetro aunque les robara hasta el último calzoncillo. Son las cifras oficiales de unas elecciones que se realizan cada cuatro años. Con estas cifras el PP, PSOE y en una gran parte Ciudadanos legitiman sus chanchullos y robos. Lo llaman legalidad democrática. El horror del tardo-franquismo convertido en progresia de sala de estar y porcelanas de Lladró.

Son los que se sorprenden que no te has enriquecido porque tienes familiares metidos en política.